Qué
inútil queda lo valioso de cada época —la memoria, la caligrafía, la lectura,
el silencio—. Ni siquiera los anticuarios exageran su precio cuando lo ponen a
la venta.
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En
la juventud traumatizan los defectos de carácter que, en el curso de la vida,
ahorran traumas mayores.
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Quien
pronostica en exceso se suele reír de quien añora tiempos pretéritos, pero
ambos padecen de idéntica sinsustancia de presente.
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Cuanto
más aprende uno a vivir, más se ejercita también en su despedida. De ahí que
sea esta una materia que no se imparte en ninguna escuela.
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Añoro
la época en la que lo imaginario y fantasioso era considerado pernicioso para
la verdad; que ahora resulte inocuo la debilita.
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Lo
importuno avisa con su sobresalto de que aún no somos capaces, felizmente, de
controlarlo todo.
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El límite que un cuesco establecía en las relaciones sociales ha quedado relegado a lo anecdótico.











